Palabras calladas
Failed to add items
Sorry, we are unable to add the item because your shopping cart is already at capacity.
Add to Cart failed.
Please try again later
Add to Wish List failed.
Please try again later
Remove from wishlist failed.
Please try again later
Adding to library failed
Please try again
Follow podcast failed
Please try again
Unfollow podcast failed
Please try again
Audible Standard 30-day free trial
Select 1 audiobook a month from our entire collection of titles.
Yours as long as you’re a member.
Get unlimited access to bingeable podcasts.
Standard auto renews for $8.99 a month after 30 days. Cancel anytime.
Buy for $3.99
-
Narrated by:
-
Virtual Voice
-
By:
-
Paco Arenas
This title uses virtual voice narration
Virtual voice is computer-generated narration for audiobooks.
Entonces, no discutíamos de política...
Hubo un tiempo en que lo más extraño de otras tierras era el forastero con su puesto en la plaza, o el mozo del pueblo vecino que osaba cortejar a una muchacha. Se le arrojaba al pilón del pozo si no pagaba la patente, y si la pagaba... también.
Los negros eran cabezas de escayolacon ranura en el cogote, los indios morían por miles en televisores en blanco y negro. Entonces, decíamos, no éramos racistas...
Hubo un tiempo en que hasta los ateos iban a misa, se persignaban de rodillas, como fieles de toda la vida,
y gritaban con fervor al paso de la imagen de yeso o madera.
Con manos curtidas de campocargaban las andas sobre hombros «pecadores». Entonces, todos éramos católicos por. ¿la gracia de Dios?
Hubo un tiempo en que los enamorados se besaban en la mejilla… hasta después de casarse. Los niños llegaban en alas de cigüeña, algunos nacían a los seis, siete, u ocho meses del «sí, quiero».
Otros, por obra del Espíritu Santo, ¡vaya por Dios!, sin conocer varón, o tras pasar por la sacristía… de esos milagros, sé yo un par.
Y aunque parezca mentira, también hubo un tiempo en que los besos se daban en la calle —de rodillas—
a la mano del cura, con los ojos temblando de miedo y la mirada fija en su otra mano, por si llegaba un capón o una hostia… no precisamente consagrada. Así eran aquellos tiempos.
Hubo un tiempo en que el hombre del saco era la Bella Durmiente, y ningún niño le temía. Pero si alguien susurraba: «¡Que vienen los guardias!», niños y mayores salíamos huyendo, si podíamos y nos daba tiempo.
Los guardias repartían hostias como panes, aunque no tuvieras hambre. Si te pillaban por los caminoscon una cesta de higos de tu higuera, de guindas de tu guindo o de melones de tu propio melonar,
también la leña de tu monte… por alguna ley secreta, te lo quitaban todo. Y si protestabas, te llevabas leña de verdad,
y multa. Entonces, la benemérita se hacía respetar.
Hubo un tiempo en que las palabras, las penas, las ideas, y hasta el amor se escondían tras las puertas. Y las palabras más bellas... eran las que nunca se decían.
No reviews yet